#ElPerúQueQueremos

La herida sigue abierta

Publicado: 2013-09-22

Qué fácil dejar de ser hincha en los momentos más difíciles. Qué fácil echarnos la culpa entre todos, señalándonos sin asco y sin la menor autocrítica, sin reconocer que no vamos al mundial porque somos una selección de menor rango en Sudamérica. Y reconocerlo es aceptar nuestra inferioridad en la cancha respecto de otras selecciones del continente y aceptar con lágrimas una de las derrotas más tristes de la historia del fútbol peruano. Qué horrible es ser hincha de un equipo chico.

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Ese viernes llegamos todos a ver el partido donde vimos los tres años de la eliminatoria 2014. Era nuestra gran cábala. Vimos allí la Copa América donde fuimos terceros, y los partidos que nos devolvieron esa sonrisa con la que hablamos de la selección desde marzo hasta septiembre. De las derrotas ni quiero acordarme.

Había cerveza, ron, pisco, puchos y unas papitas con salsa huancaína. Éramos nueve amigos, muy amigos, que respetábamos la cábala con religiosidad y no había manera de ver los partidos de Perú en otro lado: salir de fiesta después una noche de viernes que la selección gana es una cara de Lima que quizá no muchos conocen. Es la cara misma del fútbol en una sociedad herida como la peruana.

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La cerveza se mezcló con el ron y los Marlboro. Ramos y Rodríquez no estaban seguros esa noche, pero cumplían. Perú estaba bien parado. ¿Por qué todo se desmoronó tan rápido? ¿Cómo es posible que caiga una idea de cuatro años de trabajo en el minuto 41 del primer tiempo frente al campeón de América? 

Uruguay tenía que ganarle a Venezuela, Perú y Colombia para ir al mundial. Ganó los tres y ahora está peleando el cuarto puesto. ¿La respuesta es solo futbolística? Vemos a Suárez y Cavani todos los fines de semana en Europa. ¿No había manera de ganarles, cualquiera fuera el medio? A mí ya no me importaba el juego: quería lucha, ensuciar el partido, algo que nos levantara porque con juego no podíamos.

Y no pudimos. 

El penal de Suárez casi me hace vomitar. Todos estábamos sentados en una especie de U frente al televisor. Yo estaba en la esquina izquierda y solo volteando podía ver las caras de mis amigos: silentes, inconexas, sepulcrales. Estaba pasando nuevamente. Luego de Francia 98, Corea y Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, también quedábamos eliminados de Brasil 2014. Cinco mundiales. Más de 18 años. Estaba pasando otra vez. Nos estábamos quedando fuera. 

Luego expulsaron a Yotún y yo reventé mi cerveza en el patio de la casa. La sala del bunker -así lo llamábamos- era un cementerio y no solo por la caras: era la noche de vivir una pesadilla compartida y en la que todo se iba lentamente a la más profunda mierda.

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En los quince minutos de descanso pasó toda nuestra infancia por nuestros ojos mientras orinábamos alcohol. Sin querer ni poder decir una sola palabra. Teníamos 45 minutos para ganarle a Uruguay con 10 hombres y perdiendo 1 a 0.

Cuando Suárez hace el segundo pateé el cooler donde guardábamos el hielo, partí en llanto y me fui de la casa. Lloré desconsolado en la puerta, sentado en el murito de la entrada. No podía entenderlo, el alcohol y la tristeza se mezclaron y lloré en Roca y Boloña ese viernes a las 11 de la noche. 

Tomé un taxi al Ovalo Gutiérrez. El taxista tenía el partido sintonizado. Me vio y no me dijo nada. Me cobró cinco soles. Prendió un cigarro. Bajé desesperado del taxi y me metí a papa john's porque sentí que estaba abandonando a mi selección, que no podía tirar todos estos años al tacho en los últimos minutos. Aun no terminaba el partido. Me quedaba esa maldita ilusión de saber que se podía ganar por el solo hecho de estar jugando. 

Era el tiro libre de Farfán. El gol lo grité en las caras de los silenciosos hinchas peruanos que comían pizza: ¡¡¡Vamos, Carajo!!!

El partido terminó tres minutos después.

Estamos eliminados otra vez. 





Escrito por

Jonathan Diez

Periodista


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